Posada Sin Fronteras en medio de las barras de metal del muro

Peregrino deportado Gregorio Vázquez, izq., deportado de Utah donde vivió 25 años, con voluntarios de la Casa del Migrante de Tijuana, en el papel de María y José, durante la celebración de la Posada Sin Fronteras el 16 de diciembre de 2017. A sus espaldas, el muro fronterizo. Foto Inmigración.com / Manuel Ocaño

TIJUANA, BC.- Vestido con una túnica como la de un peregrino de hace dos mil años, Gregorio Vázquez Jiménez, un mexicano guerrerense que fue deportado después de vivir en Utah 25 años, cantaba frente al muro fronterizo en Tijuana en la Posada Sin Fronteras.

“Een el nombre del cieeelo, oos pido posaada”.

Voluntario para ser parte del nacimiento en la posada, Vázquez confesó que nunca había participado en una experiencia similar.

“Ojalá mis familiares en Estados Unidos pudieran verme en las noticias que cubren ustedes”, dijo a Inmigración.com.

Gregorio Vázquez acompañó en la pastorela a María y José, una pareja de voluntarios de la Casa del Migrante, como uno de los peregrinos con un letrero sobre su túnica a la espalda: “solicitante de asilo”; los otros peregrinos eran “dreamers” y “madres deportadas”.

En la frontera, la tradicional posada, que incluye la recreación del peregrinar de José y María para pedir refugio para el nacimiento de Jesús, se apega a la realidad regional.

La posada fue cantada a ambos lados del muro de metal fronterizo. De un lado deportados, migrantes que no han podido encontrar un momento para cruzar, personas que van a pedir asilo, religiosos y público feligrés además de periodistas.

Al otro lado, en California, organizaciones que defienden los derechos de los inmigrantes, religiosos de diversas creencias, feligreses y, por supuesto, patrulleros fronterizos que se encargan de que eso de dar posada a los migrantes peregrinos quede en puro simbolismo.

Lo que no fue simbólico fue la lectura de una larga lista de docenas de nombres de los migrantes que han perdido la vida en lo que va de este año al intentar cruzar la frontera de México a Estados Unidos.

“Abraham Hernández González, 24 años de edad”, leían, y de ambos lados del muro los asistentes repetían “presente”; “Israel Cruz Vázquez, 22 años de edad… presente”.

Cuando se trataba de migrantes que aún siguen sin identificar, se mencionaba como “desconocido, de unos 30 años de edad”.

La Posada Sin Fronteras se ha vuelto una tradición entre Tijuana, Baja California, México, y el límite fronterizo de Imperial Beach, California. Hace más de dos décadas se celebra por estas fechas, y en cada ocasión los testimonios parecen repetirse.

Una ‘dreamer’ peregrina se abraza con una persona sin identificar en la Posada Sin Fronteras, el sábado 16 de diciembre de 2017. Foto Inmigración.com / Manuel Ocaño

La señora Concepción Nava Álvarez compartió que en Guerrero dejó dos hijos pequeños y decidió cruzar como indocumentada a Estados Unidos en busca de trabajo para mantener a los menores.

Pero al vivir en Estados Unidos tuvo otras dos pequeñas. Dijo que hace unos meses no aguantó sentir la culpa de haber dejado a los dos pequeños en Guerrero y decidió regresar con sus hijas estadounidenses para unir finalmente a la familia.

Se encontró sin embargo con que en su pueblo en Guerrero los niveles de violencia por el crimen organizado no le permitían vivir ahí con cuatro menores, “además de que yo no quiero quitarle las oportunidades de que estudien y crezcan en Estados Unidos a mis dos niñas”, dijo.

Regresó a Tijuana con la esperanza de cruzar de nuevo la frontera, pero esta vez como asilada y madre de dos pequeñas estadounidenses, pero su dilema es cómo explicar a las autoridades que hasta hace unos meses fue indocumentada.

Gregorio Vázquez, quien vivió en Utah 25 años, fue deportado en junio pasado y viajó a su natal Guerrero. Pronto advirtió que “toda mi familia está en Estados Unidos, no hay nada que pueda hacer en Guerrero”.

Vázquez intentó cruzar la frontera hace unos días pero fue detenido y nuevamente deportado.

Ahora espera una próxima oportunidad y mientras tanto participó como peregrino en la pastorela de la Posada Sin Fronteras, pero su sueño, dijo, es estar con su familia en el 2018.