Inmigración

Las difíciles comunicaciones de familias separadas

Manuel Marcelino Tzah (izq) y su hija Manuela Adriana, de 11 años, fotografiados durante una entrevista tras la liberación de la niña en Brooklyn el 18 de julio del 2018. Tzah pidió asilo en Estados Unidos y padre e hija fueron separados tras su ingreso al país por Texas el 15 de mayo. Foto AP/Bebeto Matthews

NUEVA YORK, NY.- Un guatemalteco consiente a su hija adolescente durante una llamada semanal de diez minutos, mientras otros padres esperan su turno para usar el teléfono.

Una mujer de Louisiana conversa con video con su hijo de cinco años, que está en Texas, en tanto que un hondureño que ha pedido asilo pudo ver en persona a su pequeña niña, que fue a visitarlo. El hombre le llevó una hamburguesa de McDonald´s a la pequeña.

En esta era de comunicaciones inmediatas a partir de las redes sociales, a los inmigrantes sin papeles que han sido detenidos por las políticas de “tolerancia cero” del presidente Donald Trump les cuesta entrar en contacto con sus hijos alojados en instalaciones contratadas por el gobierno. Para la mayoría de los padres, las llamadas telefónicas han sido su único contacto con los menores durante separaciones que se prolongan semanas.

La hondureña Carla García espera todos los días en Baton Rouge, Louisiana, llamadas de su hijo, que se encuentra en una instalación de Texas. Llamadas que ella no puede devolver. La mujer y su hijo Jonathan, de cinco años, fueron separados tras cruzar la frontera juntos a fines de mayo. Ella fue liberada al mes, con un aparato electrónico en el tobillo para vigilar sus pasos, y se instaló en la casa de familiares.

“Me puse contenta que ya lo veo y luego fue aún más difícil de estar viéndolo de lejos”, expresó. “Se quedó viéndome, como preocupado”.

Familias de migrantes caminan tras ser procesadas en la Estación Central de Autobuses de McAllen, Texas (EE.UU.), el miércoles 27 de junio de 2018. Foto EFE/Archivo

Varios padres dicen que les resulta difícil, si no imposible, mantener la compostura cuando sus hijos se ponen a llorar, dicen que se sienten solos, quieren saber cuándo loso van a dejar ir o piensan que los abandonaron.

“Estaba llorando, afligida”, expresó el guatemalteco Josué Aguilar en alusión a su hija de 16 años, que cree está en una instalación para menores de Texas. “Me dijo, ‘ya no quiero estar aquí’. Nomás le dije que tenga un poco de paciencia”.

Aguilar afirmó que tienen apenas tiempo de consolarse mutuamente cuando la llamada termina. Cada inmigrante tiene 10 minutos para hablar.

“Le dan acceso cada ocho días para llamar. Diez minutos le dan para que se comunique conmigo. Diez minutos. No alcanza el tiempo”, sostuvo el centroamericano, quien se instaló con familiares en Atlanta tras ser liberado de un centro de detención, a la espera de ver qué rumbo toma su pedido de asilo.

En otros casos, padres e hijos encuentran formas creativas de hacerle frente a la separación. Un chico de 15 años le dice a su hermanito de cinco que su madre está trabajando y por eso no se ven, según el abogado de la madre.

Adrián Velásquez convenció a un trabajador social de que le mande como mensaje de texto tres fotos de su hijo de ocho años. Las imágenes muestran a Jason haciendo deberes de matemáticas en una instalación del gobierno en Texas y parado junto a otros niños de su edad que lucen sonrientes.

Velásquez dijo que su hijo inicialmente amenazó con escaparse del lugar luego de ser separado de su padre. Un mes después, cree que el muchacho se ha adaptado al sitio y que no tendrá traumas cuando salga finalmente.

“Es un chico muy activo”, indicó Velásquez. “No lo va a afectar”.

El Departamento de Justicia presentó la semana pasada un plan para reunir a más de 2.500 menores de cinco años para arriba dentro del plazo del 26 de julio fijado por un tribunal. No estaba claro cuántas familias siguen separadas ya que las liberaciones se aceleraron esta semana en Texas.

En algunos casos, los padres pudieron ver cara a cara a sus hijos bajo supervisión, ya que las autoridades se toman semanas para completar las investigaciones de antecedentes y el papeleo.

La salvadoreña Digna Pérez, que ha pedido asilo, dijo que el encuentro fue frustrante.

“No se sienten libres conmigo hablando así, como que estuviéramos solo ellos y yo”, manifestó, aludiendo a su hijo de nueve años y su hija de seis. Fue separada de ellos a fines de mayo, al ingresar ilegalmente desde México por El Paso, Texas. “Ellos siempre van a tener este recuerdo, no van a olvidar fácilmente esto, la separación”.

Unos niños sostienen una pancarta que pide un alto a la separación de familias. Foto EFE/Archivo

Mario Romero, de Honduras, recordaba el encuentro de una hora que tuvo con su hija de 10 años Fabiola en las oficinas de un centro de detención para menores en El Paso, a pocas cuadras de la frontera con México.

Le llevó una hamburguesa para que compartieran y le dijo a la niña que le debía otro regalo por el cumpleaños que pasó en el centro de detención.

“La pude ver, la pude abrazar”, expresó Romero. “Gracias a Dios me dieron la oportunidad de besarla”.

Pérez y Romero se reunieron con sus hijos el lunes.

Liberado de un centro de detención de inmigrantes el 24 de junio, Manuel Marcelino Tzah se las ingenió para contactarse con su hija de 11 años. Llamó a Guatemala y descubrió que su hija había dejado un número de teléfono con su madre.

“Me puse a llorar al escuchar su voz” después de dos meses, relató. “Ella también lloró. Le dije ’no te preocupes, pronto estaremos juntos”.

Se encontraron en un aeropuerto de Nueva York el martes.

Los padres que siguen detenidos tienen más dificultades todavía para comunicarse con sus hijos.

El abogado José Xavier Orochena dijo que los inmigrantes presos que representa estaban a merced de trabajadores sociales que coordinaban las llamadas a sus hijos en el centro de detención Cayuga de Nueva York.

“Hay que esperar que desde Cayuga llamen a la madre”, señaló. “Desde el centro de detención, nadie puede llamar al trabajador social”.

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